¿Alguien recuerda la época primitiva en que la realidad dependía de los sucesos?
Gracias a la tecnología y a numéricos métodos de conocimiento, ahora conocemos
los hechos antes de que ocurran. Las estadísticas y los sondeos de opinión han logrado que
dispongamos de una cosmogonía confiable, que no depende del tránsito de Venus ni
del carácter de los dioses, sino de números, tendencias y porcentajes.
Considerados de uno en uno, los individuos no dejan de ser caprichosos e
insondables; sin embargo, su comportamiento colectivo responde a patrones
fáciles de medir y de prever.
En tiempos anteriores a las encuestas, Descartes pudo celebrar la duda. Hoy en día esta molestia ya no es necesaria, al menos en lo que toca a las preferencias sociales. La ansiedad anticipatoria se vuelve crónica en temporada electoral. Todos los días las encuestas confirman lo que ya sabemos. Esto resulta tranquilizador para quien está conforme y deprimente para quien desearía concebir una esperanza.
¿Las encuestas tienen la capacidad profética de que el destino se ajuste a lo que anuncian? ¿Hay un cálculo orquestado para que esto ocurra o la voluntad de los mexicanos es tan pareja que resulta inmutable? Como se trata de preguntas sin respuesta, narro una anécdota que ofrece una parábola sobre el asunto.
Federico Cifuentes Bing, ex condiscípulo de la carrera de Sociología, me saludó el otro día con una frase enigmática: "Soy el margen de error".
Desde hace años se dedica a la sociometría. El mundo es para él un pay que se rebana en porcentajes. Me habló de "frecuencias de flujo", "puntos de inflexión" y otras expresiones de su oficio. Estaba por despedirme cuando repitió: "Soy el margen de error. No existo".
No hay nada tétrico en mi amigo. Es tan optimista que cree que el desodorante de vainilla mejora su coche y que los pelos que cruza al modo de un queso de Oaxaca ocultan su calvicie. Sin embargo, era capaz de decir: "No existo".
Aunque un voto no puede marcar una diferencia, mi amigo se identificó con el margen de error del 3%. Es lógico que un experto en sociometría se deprima más que otras personas por su falta de impacto estadístico.
"Haga lo que haga, todo sigue igual: ya sé quién va a ganar las elecciones y ya conozco todas las maravillas que no me van a suceder. El futuro, mi futuro, ya sucedió", se tocó el pecho como un mártir sobreactuado. Me pregunté si en su sistema de valores habría algo que equivaliera al voto útil y pudiera salvarlo del suicidio.
En ese momento crepuscular, el cielo llegó en nuestro auxilio. Comenzó a llover. Por unos segundos no hubo otra noticia que el agua. Nos refugiamos en el quicio de una cochera. Federico revisó el pronóstico del tiempo en su iPhone: los meteorólogos habían anunciado una tarde despejada. Este error le devolvió la confianza en el destino. "¡Hay cosas que no pueden predecirse!", sonrió con dicha demencial. No quise estropear su ánimo recordándole que los errores de los expertos en el clima son tan frecuentes que conforman estadística.
Federico Cifuentes Bing volvía a creer en el asombro. "¡Que me encuesten otra vez!", exclamó, convencido de que aún es posible que un sondeo revele una realidad inédita.
Me dio un abrazo y caminó bajo la tormenta, alzando el rostro, como si recibiera un bautizo, satisfecho de avanzar hacia un horizonte incierto.
Mientras tanto yo llegaba a otra conclusión. Las elecciones se celebran en temporada de lluvias para que el cielo -residencia de las cosmogonías antiguas- nos recuerde que existen el viento y las sorpresas, que no todo está previsto en la estadística y que las voluntades pueden cambiar como las nubes.
En tiempos anteriores a las encuestas, Descartes pudo celebrar la duda. Hoy en día esta molestia ya no es necesaria, al menos en lo que toca a las preferencias sociales. La ansiedad anticipatoria se vuelve crónica en temporada electoral. Todos los días las encuestas confirman lo que ya sabemos. Esto resulta tranquilizador para quien está conforme y deprimente para quien desearía concebir una esperanza.
¿Las encuestas tienen la capacidad profética de que el destino se ajuste a lo que anuncian? ¿Hay un cálculo orquestado para que esto ocurra o la voluntad de los mexicanos es tan pareja que resulta inmutable? Como se trata de preguntas sin respuesta, narro una anécdota que ofrece una parábola sobre el asunto.
Federico Cifuentes Bing, ex condiscípulo de la carrera de Sociología, me saludó el otro día con una frase enigmática: "Soy el margen de error".
Desde hace años se dedica a la sociometría. El mundo es para él un pay que se rebana en porcentajes. Me habló de "frecuencias de flujo", "puntos de inflexión" y otras expresiones de su oficio. Estaba por despedirme cuando repitió: "Soy el margen de error. No existo".
No hay nada tétrico en mi amigo. Es tan optimista que cree que el desodorante de vainilla mejora su coche y que los pelos que cruza al modo de un queso de Oaxaca ocultan su calvicie. Sin embargo, era capaz de decir: "No existo".
Aunque un voto no puede marcar una diferencia, mi amigo se identificó con el margen de error del 3%. Es lógico que un experto en sociometría se deprima más que otras personas por su falta de impacto estadístico.
"Haga lo que haga, todo sigue igual: ya sé quién va a ganar las elecciones y ya conozco todas las maravillas que no me van a suceder. El futuro, mi futuro, ya sucedió", se tocó el pecho como un mártir sobreactuado. Me pregunté si en su sistema de valores habría algo que equivaliera al voto útil y pudiera salvarlo del suicidio.
En ese momento crepuscular, el cielo llegó en nuestro auxilio. Comenzó a llover. Por unos segundos no hubo otra noticia que el agua. Nos refugiamos en el quicio de una cochera. Federico revisó el pronóstico del tiempo en su iPhone: los meteorólogos habían anunciado una tarde despejada. Este error le devolvió la confianza en el destino. "¡Hay cosas que no pueden predecirse!", sonrió con dicha demencial. No quise estropear su ánimo recordándole que los errores de los expertos en el clima son tan frecuentes que conforman estadística.
Federico Cifuentes Bing volvía a creer en el asombro. "¡Que me encuesten otra vez!", exclamó, convencido de que aún es posible que un sondeo revele una realidad inédita.
Me dio un abrazo y caminó bajo la tormenta, alzando el rostro, como si recibiera un bautizo, satisfecho de avanzar hacia un horizonte incierto.
Mientras tanto yo llegaba a otra conclusión. Las elecciones se celebran en temporada de lluvias para que el cielo -residencia de las cosmogonías antiguas- nos recuerde que existen el viento y las sorpresas, que no todo está previsto en la estadística y que las voluntades pueden cambiar como las nubes.




